El gobernador electo de Córdoba, Martín Llaryora, siguió los consejos de sus asesores y ablandó la embestida contra los "pitucos" porteños. Su encendido discurso, la noche del triunfo, le dio un relieve de dirigente del interior duro, una frase salida desde lo venal del fragor de una campaña en la que el Cordobesismo sintió una suerte de discriminación de la cobertura de los medios nacionales.
Bien aconsejado, ahora subió en sus redes una vuelta de tuerca de su epíteto hacia los porteños con humor. Y lanzó una ronda de entrevistas para tratar de borrar el episodio.
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